¿Por qué no dices que eres gay?

de Jonathan Berry 

Es una gran pregunta. Soy, después de todo, exclusivamente atraído al mismo sexo y siempre lo he sido desde la edad más temprana que recuerdo. La primera vez que me chiflé de alguien del mismo sexo fue a los 8 años, mi primera experiencia ligera del mismo sexo a los 10 años, y estuve en una relación comprometida con alguien del mismo sexo durante siete años, entre las edades de 17 y 24. A pesar de mis esfuerzos a lo largo de los años, que incluían salir con un par de chicas en el colegio, y una relación muy cercana con una chica increíble llegando a los 30 años, puedo decir con toda sinceridad que no he sentido ni una vez atracción física ni sexual a alguien del sexo opuesto. Entonces debo ser gay, ¿no?

... a los 17 años me identificaba, por lo menos en mi interior, con ser gay.

Pues a los 17 años me identificaba, por lo menos en mi interior, con ser gay. Llamarme gay a mi mismo era una reacia aprobación que, no por mi elección, mi atracción al mismo sexo no era una fase pasajera. Pero no me gustaban muchas de las implicaciones que incluía la etiqueta gay, ni muchas de las suposiciones que mucha gente hacía en los años 80 sobre la gente gay, por ejemplo, que debes ser promiscuo, llamativo, orgullos, a riesgo de contraer VIH, etc.

Cuando tenía 24, todo cambió para mí. Tras un periodo de volverme cada vez más insatisfecho sobre varios aspectos de mi vida, entré una iglesia un domingo por la mañana, "buscando a Dios". Dentro de una semana llegué a tener fe en Jesucristo y me comprometí a seguirle y a colocar la Palabra de Dios en la Biblia, al fondo de mi vida. Tenía una convicción profunda y como resultado de este nuevo compromiso necesitaba salir de la relación con una persona del mismo sexo en la que había estado desde los 17 años. Eso no fue una cosa fácil de hacer, pero me sentía poderosamente convencido de que esa relación no era compatible con mi nueva vida cristiana.

Desde luego he tenido que tratar con el dilema de como describirme a mí mismo cuando me enfrento con las preguntas inevitables sobre mi sexualidad o por qué no estoy casado. Si me impulsan, en general digo que soy un cristiano que experimenta atracción al mismo sexo no deseada. Pero por un montón de razones, nunca me describo como cristiano gay. Si no me gustaba la etiqueta "gay" cuando estaba en una relación con el mismo sexo, supongo que no es ninguna sorpresa que menos aún me guste ahora! No tengo ningún problema en absoluto con aceptar que muchos de mis amigos gays están bastante contentos con usar esa etiqueta, pero para mí, "gay" simplemente ya no es lo que soy.

...para mí, "gay" simplemente ya no es lo que soy.

Como cristiano elijo pensar de manera diferente. La Biblia no sabe nada del concepto de la "orientación sexual" - entonces a nadie se le refiere en la Biblia como gay, lesbiana, heterosexual o bisexual. La palabra de Dios habla sólo de prácticas sexuales, o sea, los que le agraden a Dios (el sexo detro del matrimonio, que es entre un hombre y una mujer) y los que no sea (todo otro sexo, cual sea el contexto). Ya tengo una nueva identidad, una que se basa no en mis atracciones sexuales, sino que se arraiga en la relación más importante de todas, eso quiere decir en mi relación con Jesucristo. Me identifico con sus enseñanzas, su sufrimiento, su muerte en la cruz, su resurrección, su promesa de gloria futura para los que confían en él para el perdón, y los que quieren seguirle como Señor.

"si alguno está en Cristo," escribe el apóstol Pablo a los cristianos en Corintio, donde algunos habían sido convertidos a una fe en Cristo desde un antecedente de práctica sexual del mismo sexo, "es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!"(2 Corintios 5:17) Para mí, parte del "viejo" que "ha pasado" es esta idea de identificarme y describirme a mí mismo según mi atracciones sexuales. Si fuera yo a agarrarme de esa etiqueta de "gay", como si fuera algo intrínseco a lo que soy ahora, entonces al negarme una relación con el mismo sexo se sentiría como si estuviera negando quien soy de verdad (una acusación que algunos de mis amigos gays ya me dirigen). Si mi identidad verdadera es en Cristo, por lo tanto, negarme una relación con alguien del mismo sexo parece un resultado positivo de mi compromiso de seguir a Jesús y ponerlo primero en mi vida.

...mi identidad verdadera es en Cristo

Enfocarme en que mi identidad es en Cristo también sirve de un importante recuerdo de las muchas cosas que son míos como creyente. Pues, por ejemplo, en Cristo tengo "la redención" (Romanos 3:24), "vida eterna" (Romanos 6:23), "ninguna condenación" (Romanos 8:1), "la gracia de Dios" (1 Corintios 1:4), "nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo." (Efesios 1:3), "la justicia que procede de Dios" (Filipenses 3:9), y "la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" (Filipenses 4:7). ¡Lista impresionante, todo dado libremente a mí como consecuencia directa de mi relación con Jesucristo!

Muchas veces nos advierten de los peligros del robo de identidad en una época cada vez más digital. Como cristiano siento apasionadamente no querer dejar que me roben del disfrute de estas grandes bendiciones, al abrazar otra identidad de modo falso. En su carta a los cristianos en Roma, Pablo transmite a sus lectores la necesidad de que no "se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente." (Romanos 12:2). Para mí, un aspecto sumamente importante de aquel proceso de renovación de mente involucra dejar a atrás las etiquetas no bíblicas y asegurar mi verdadera identidad como ser en Cristo.

 

It’s a great question. I am, after all, exclusively attracted to those of the same-sex and always have been from as young as I can remember. I had my first same-sex ‘crush’ at the age of 8, my first mild same-sex experience aged 10 and I was involved in a committed same-sex relationship for seven years, between the ages of 17 and 24. Despite efforts over the years, including going out with a couple of girls when I was at school, and a really close relationship with an amazing girl in my late twenties, I can in all honesty say that I’ve never once felt any physical or sexual attraction to someone of the opposite sex. So I must be gay, right?

...aged 17 I did identify myself, inwardly at least, as being gay

Well, at aged 17 I did identify myself, inwardly at least, as being gay. Calling myself gay was a reluctant acceptance that, through no choice of my own, my attraction to those of the same-sex wasn’t a passing phase. I didn’t like many of the associations that went with the gay label though, nor many of the assumptions that a lot of people back in the 80s would make about gay people, e.g., that you must be promiscuous, flamboyant, proud, at risk of becoming HIV+, etc.

When I was 24, everything changed for me. After a period of becoming increasingly dissatisfied with a number of aspects of my life, I walked into a church one Sunday morning ‘looking for God.’ Within a week I came to faith in Jesus Christ and committed myself to following him and putting God’s Word in the Bible at the heart of my life. I was deeply convicted that as an outworking of this new commitment I needed to get out of the same-sex relationship that I’d been in since I was 17 years old. That wasn’t an easy thing to do, but I felt strongly compelled that this relationship wasn’t compatible with my new Christian life.

Since then I’ve had to deal with the dilemma of how to describe myself when I’ve faced the inevitable questions about my sexuality or why I’m not married. If pushed I’ll usually say that I’m a Christian who experiences same-sex attraction. For a whole host of reasons, though, I don’t ever describe myself as a gay Christian. If I didn’t like the label ‘gay’ when I was in a same-sex relationship, I suppose it’s no surprise that I like it even less now! I have no problem whatsoever in accepting that many of my gay friends are quite content with using that label, but personally, ‘gay’ is simply not who I am anymore.

...personally, 'gay' is simply not who I am anymore

As a Christian I choose to think differently. The Bible knows nothing of the concept of “sexual orientation” – so no-one is ever referred to in the Bible as being gay, lesbian, straight, or bisexual. God’s word speaks only of sexual practices, i.e., those which are pleasing to God (sex within marriage, which is between one man and one woman) and those which are not (all other sex, whatever the context). I now have a new identity, one which is based not on who I’m sexually attracted to, but rooted in my most important relationship of all, that is my relationship with Jesus Christ. I identify with his teachings, his sufferings, his death on the cross, his resurrection, his promise of future glory for those who trust in him for forgiveness, and who seek to follow him as Lord.

“If anyone is in Christ,” writes the Apostle Paul to Christians in Corinth, where some had been converted to faith in Christ from a background of same-sex practice, “he is a new creation; the old has gone the new has come!” (2 Corinthians 5:17). For me, part of the “old” that “has gone” is this idea of identifying myself and describing myself according to my sexual attractions. If I were to hold on to that label “gay”, as if it’s somehow intrinsic to who I am now, then by denying myself a same-sex relationship it would feel as if I’d be denying who I really am (an accusation some of my gay friends already level at me). If my true identity is in Christ, however, then denying myself a same-sex relationship seems like a much more positive outworking of my commitment to follow Jesus Christ and to put him first in my life.

...my true identity is in Christ

Focussing on my identity as being in Christ also serves as an important reminder to me as to the many great things that are mine as a believer. So, for example, in Christ I have, “redemption” (Romans 3:24), “eternal life” (Romans 6:23), “no condemnation” (Romans 8:1), “the grace of God” (1 Corinthians 1:4), “every spiritual blessing in the heavenly places” (Ephesians 1:3), “righteousness from God” (Philippians 3:9), and, “the peace of God, which surpasses all understanding” (Philippians 4:7). Quite a list, all given to me freely as a direct consequence of me being in relationship with Jesus Christ!

We’re often warned of the dangers of identity theft in an increasingly digital age. As a Christian I feel passionately that I don’t want to allow myself to be robbed of the enjoyment of these great blessings, by falsely embracing any other identity. In his letter to Christians in Rome, Paul urges his readers not to “conform any longer to the pattern of this world, but be transformed by the renewing of your mind” (Romans 12:2). For me, a really important aspect of that mind-renewal process involves ditching any unbiblical labels and securing my true identity as being in Christ.